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01 noviembre, 2011

MAURICIO (Cuento mexicano)

Se levantó tarde. Había dormido maravillosamente. Después de ducharse y ponerse su traje nuevo, comprado para la ocasión, salió a la calle. Se dirigía al concesionario de automóviles donde iba a estrenar un fabuloso descapotable rojo, como mandan los cánones. Se había gastado todo su dinero en aquel capricho. Además, para redondear el día, tenía una cita con una mujer a la que había cortejado desde hacía mucho tiempo. Hoy era el día.
Tomó la avenida y se internó en un paraje solitario. Allí, elegantemente vestida, estaba ella. Se saludaron con cortesía. Se bajó del coche, le abrió la portezuela y, cuando ella se hubo acomodado, la cerró.
Siguieron por una bonita y serpenteante carretera junto al mar. A lo lejos se veían los barcos y los cristales del agua.
  • Estás bellísima.
  • Tú también.
  • Si supieras cuanto tiempo te he esperado.
  • Y yo a ti. Te he deseado desde el día en que naciste. Todavía te recuerdo en brazos de tu madre buscando, desesperadamente, su pecho. Eras tan gordito...
La carretera seguía en su sinfín de curvas.
  • Puedo besarte ahora.
  • Debes hacerlo. Ha llegado el momento.
Mauricio dejó el volante y la abrazo. Se fundieron en un beso mientras él, con el pie derecho apretaba el acelerador hasta el fondo.

10 septiembre, 2011

El jarroncito chino

El jarroncito chino estaba en la vitrina, con sus alegres colores y su peana de madera tallada de dragones y lacada en negro. Llevaba en casa lo que se suele decir "toda la vida", pero , en realidad fue un regalo que alguien le hizo a mi abuela Silvia. Perdido su valor sentimental, siempre mantuvo ese lugar privilegiado, por el económico. Al parecer era una pieza "interesante", en palabras de un especialista, datada en trescientos años de antigüedad. La  abuela había comentado, en su día, que se trataba de  un regalo hecho por un alumno de la escuela de primaria, donde ella era docente.
Hace unos días Cristina estaba limpiando la vitrina y se le cayó al suelo, rompiéndose en mil pedazos. Mamá se molestó algo pero, con su natural cortesía dijo-" No se preocupe Cristina. Estas cosas les suceden a los que quitamos el polvo". En ese momento, no sé por qué, miró a mi padre con cierto aire de reproche. Por supuesto, él siguió en su sofá viendo el partido de tenis mientras saboreaba una cerveza.
Decidieron que destrozado como estaba no tenía reparación posible. Lo mejor era tirarlo al cubo de la basura, pero yo me ofrecí a recoger los pedazos, los metí en una caja y los guardé en mi habitación. Allí estuvieron hasta  las vacaciones de Semana Santa. Me compré un superglue, un rollo de cinta de pintor y me dispuse a restaurarlo. Fue entonces cuando reparé en aquel trocito de papel , lo desdoble y leí - "Te amaré siempre, Alfredo".  No dije nada a nadie. Después encolé todos los pedazo pegando la dedicatoria en su interior  y lo devolví a la vitrina.
Le falta un pedacito. A veces, lo saco de su lugar y, mirando por ese huequito, lo hago girar como si fuera un caleidoscopio. Entonces, veo una multitud de cristales que componen una forma  de alegres colores. Es algo mágico que sólo yo soy capaz de percibir. Mis padres dicen que tengo demasiada imaginación.

10 julio, 2011

LAS PEQUEÑAS COSAS

Fermín tiene un jefe antipático y desabrido. Nunca pide nada por favor, jamás con una sonrisa. Se llama Eusebio Martínez, es el dueño de una pequeña oficina de contabilidad donde trabajan los dos.
-Fermín, deme los libros de la carpintería del segundo. Dice sin levantar sus lentes de los papeles que está hojeando. Y Fermín acude presuroso con un desgastado libro de contabilidad modesta.
-Fermín, vaya a por un cortado y dese prisa que me gusta caliente. No pierda el tiempo en charlas estériles, como hace siempre. y Fermín extendiendo la mano recoge las monedas y sale diligente. D. Eusebio, como siempre, no desvía la vista de los documentos que está revisando.
La oficina es vetusta. Hace décadas que nadie pinta sus paredes. Dos archivadores, dos mesas de similar tamaño, dos sillas y un perchero constituyen el escaso mobiliario. Cuando aparece algún cliente Fermín le cede su asiento.
-"Traiga dos cafés y no se demore".
En la pared, junto a un grupo de pequeños agujeros, colgado de una chincheta, está el calendario en el que aparece un bodegón lleno de suculentas frutas, única nota de color del lugar.
El pequeño despacho está en un edificio viejo con la fachada oscurecida por el humo de los automóviles. Un lugar alegre y lleno de vida en su interior, donde varios talleres y oficinas, además de un bar comparten la vida.
Fermín acude a su trabajo con puntualidad, apenas habla y sólo hace un alto para comer en el modesto bar del cuarto piso. Un menú barato y sabroso que prepara Dña. Claudia, la cocinera. Fermín siempre guarda un par de trozos de pan en los bolsillos de su raída americana.
De anochecida regresa a su minúsculo apartamento compuesto de una sola pieza con cocina americana y un pequeño baño. Una cama, una pequeña mesa camilla, tres sillas y un armario amueblan la estancia. La vivienda está en orden, limpia. Una sola ventana da a un patio de luces por donde entra suficiente claridad como para no tener siempre prendida la luz eléctrica.
En un pequeño transistor escucha, cuando no el parte, música. En una de las sillas reposan algunos libros que, una vez leídos, serán devueltos a la biblioteca o abandonados en algún banco del parque.
Al entrar deja, en una bolsa de plástico que pende de un clavo, los mendrugos de pan. Luego se quita la chaqueta y los zapatos. En zapatillas, prendida la radio, prepara la cena. A las once se acuesta y lee en la cama hasta que el sueño se apodera de él.
Mañana será sábado, el día esperado. Cuando Fermín se despierte, después de desayunar y asearse, tomará la bolsa de plástico y, con mucha parsimonia, irá deshaciendo los trozos de pan hasta reducirlos a migas. Los meterá de nuevo en la bolsa y saldrá a la calle. Así hace todos los sábados.
Se sentará en un banco del parque rodeado de pájaros. Por un rato, un largo rato, se sentirá feliz y sonreirá varias veces antes de regresar.

25 abril, 2011

DANIEL ONESIMO

Nació deforme, con una pierna más corta que la otra y una joroba que, desde el principio, fue el origen de dolores de espalda bastante agudos. Sus años de infancia no le plantearon serios problemas, aunque no podía jugar al futbol con sus compañeros se integraba facilmente en todas aquellas actividades en las que, su minusvalía, no era un inconveniente. Al llegar a la adolescencia, cuando se formaron las primeras parejas entre sus compañeros de clase, comenzó a sentir la crueldad de su mal, las chicas no se fijaban en él. Esta situación le produjo un profundo dolor que fue agriando su carácter y le llevó a ser excesivamente mordaz. Su deformidad le parecía una injusticia divina. Dejó de creer en Dios y en los hombres. Empezó a odiar, sobre todo a aquellos que eran más afortunados. Porque él, inteligente y sensible como era, sufría ese rechazo, esa indiferencia, mientras otros, más estúpidos, tenían un éxito, a sus ojos, inmerecido. Cayó en la misoginia.
Así estaban las cosas cuando conoció a Luis, que era todo lo contrario. Fue una amistad breve pero le hizo reflexionar. Luis, pese a su grave enfermedad, tenía una mirada extrañamente positiva sobre el mundo, siempre decía que el verdadero éxito consistía en aceptar el fracaso, desengáñate Daniel, al final todos fracasamos de una forma u otra. Estaba contento de que el destino le hubiera señalado a él y no a sus seres queridos con el mal que le aquejaba.
Fructificaron esas conversaciones y Daniel empezó a cambiar su mirada. Sus ojos oscuros y opacos se volvieron más claros y su expresión más limpia. Incluso algunos días , a ratos , olvidaba su diferencia. En esas ocasiones , era capaz de conversar de una manera natural, sin tensiones , sin hacer discursos negativos. Fue así como comprobó que la gente dejaba de huirle, incluso algunos buscaban su amistad. Poco a poco fue recuperando cierta esperanza. Tal vez el pudiera aspirar al amor, a cierta manera de amar. No obstante, el temor al fracaso le hizo ser excesivamente cauto . Cuando conoció a María, tan tímida, frágil y sensible se enamoró de ella pero jamás se lo dijo y, fue tal su disimulo, que ella nunca se percató de nada. Buscó con insistencia su amistad y en ella se fue transformando en un ser cada vez más delicado, bondadoso y detallista. El camino iniciado con Luis se completó con esta nueva amistad. Daniel llegó a ser el mejor amigo, el confidente, el paño de lágrimas y el que más la hizo reír.
Un compañero del alma.
Pasaron los años, los novios, un breve marido. Con idas y venidas, con períodos de más estrechez y de mayor distancia, María siempre regresaba, herida, golpeada por el dolor de causado por aquellos que no supieron acariciarla. Daniel siempre estaba ahí ,disponible en la penumbra, dispuesto a escucharla, a ser su paño de lágrimas. Cuando le llamaba, en los ojos de Daniel se encendían las estrellas y su rostro se iluminaba con una bella sonrisa. Daniel salía de su letargo y corría a su encuentro, disimulando la prisa.
Así fue siempre, creo, porque me fui de aquella ciudad y nunca volví a verles pero, a veces pienso en ellos y me pregunto qué pasaría. Hacían una bonita pareja.

10 abril, 2011

MATÍAS


El abuelo Matías vino a vivir a casa. Desde que se quedó solo, su vida en el pueblo era complicada, la casa no reunía las mínimas condiciones de higiene y él comía cualquier cosa. No se puede alimentar uno sólo con media lata de fabada, sin calentar, al día. Eso dijo mamá mientras papá permanecía callado. Así que vino a nuestra casa y lo instalaron en la pequeña habitación al lado de la cocina. Ese cuarto, en tiempos de bonanza había sido el del servicio pero, con la crisis, hacía tiempo que estaba vacío. Era un espacio pequeño y mal ventilado pero tenía un cuartito de baño independiente y eso era ideal para la próstata del abuelo. El abuelo Matías era un ser solitario, hablaba muy poco. Parecía, con su aspecto bonachón y su eterna sonrisa, un ser ensimismado. Siempre me gustó esa palabra que a él le venía como anillo al dedo. La verdad es que en casa daba muy poca guerra y se pasaba la mayor parte del día en el parque o haciendo algún recado que le mandaba mi madre o, cuando yo era pequeño, recogiéndome y llevándome al colegio. El resto de su tiempo, como ya he dicho, lo pasaba en el parque, sentado en un banco, sin relacionarse con otros ancianos ni jugar a la petanca. Siempre con su sonrisa y enfrascado en sus pensamientos que parecían llevarle muy lejos en el espacio y en el tiempo. Yo le preguntaba pero jamás me contestó. A papá le ponía muy nervioso, yo creo que su mera presencia le resultaba insoportable pero, eso se hacía más patente en la mesa, casi el único momento del día en el que coincidían. Este hombre, cuánto tarda en ponerle nata a las fresas, este hombre... y el abuelo simulaba no enterarse, se hacía el sordo más de lo que era. El abuelo se puso enfermo. El doctor dijo que se moriría pronto. Esto lo dijo procurando que el abuelo no lo escuchara pero él lo sabía. Lo deduje porque su sonrisa se hizo más expresiva, como si se alegrase de emprender ese viaje ansiado desde hacía tanto tiempo. Cuando murió, mamá encontró un paquete de cartas debajo de su cama. Estaban dentro de una caja. Las vi sin poder leerlas, parecían, a juzgar por su desgate, unos papeles leídos miles de veces. Creo que el abuelo las había leído cada noche desde que fueron escritas. Mamá las destruyó y, con ellas, el secreto del abuelo.

05 abril, 2011

AMOR EN EL SUPER


Él hacía la compra distraído. Necesitaba algunas cosas y las iba metiendo en el carro a medida que las veía. Ella tenía prisa, compraba todo lo de la semana e iba tachando de la lista lo que ya había cogido de los estantes. El super estaba medio vacío a esa hora, la de la comida.
En el pasillo donde están las pastas y las latas de mejillones y las otras, él se paró un momento guiándose por el capricho. Ella dobló la esquina con prisa y chocaron. ÉL le pidió los papeles del seguro y ella sonrió. Lo siento, caballero, pero me acabo de sacar el carnet y, diciendo esto, se relajó un poco. La conversación fue así de breve, poco más. Se separaron para encontrase de nuevo en las colas de las cajas. Ella, al verlo, ralentizó su paso. Él lo aceleró. La sincronía fue tan perfecta que coincidieron en las puertas del ascensor que conducía al aparcamiento. Entraron, estaban los dos solos, tenían apenas un minuto. No hablaron del tiempo, ni miraron al techo. Él le dijo eres tan bella, ella sonrió de nuevo. Se abrazaron y se dieron un beso. Luego se abrieron las puertas y no se volvieron a ver nunca más. O sí, muchas veces, en el recuerdo.

27 marzo, 2011

DESENCUENTROS

El despertador sonó, sonó un buen rato hasta que una mano de naúfrago surgió de entre las sábanas y lo paró. Eran las seis y cuarto. Fuera todavía estaba oscuro y parecía hacer frío. Luca se levantó procurando no despertar a su mujer, se duchó y vistió lentamente comenzando por los pantalones, como siempre había hecho. Preparó su desayuno y, cuando lo hubo tomado, salió de su apartamento. Desde hacia veinte años ésa era una de sus rutinas. Al llegar a la calle notó el frío en su rostro, una sensación muy agradable. Se dirigió a la parada del bus mientras meditaba en sus cosas. En la empresa la situación era bastante mala, unos cuantos compañeros habían sido víctimas de eso que llamaban, para suavizar las cosas, un ERE y que en realidad, según decía él, debería de llamarse un APC o lo que es lo mismo, a la puta calle. Luca, como responsable, debía decidir quienes se quedaban y quienes no. Su trabajo, tan desagradable en los últimos años, le había llevado a plantearse si merecía la pena llevar ese tipo de vida. Luca estaba en crisis, una crisis existencial profunda. Esas cosas meditaba cuando llegó a la parada del bus y se situó en la cola. Sonó el despertador. Al cabo de un rato una mano de naúfraga surgió de entre el océano de sábanas. Se hizo el silencio. María se levantó despacio procurando no despertar a su marido que dormía plácidamente. Después de pegarse una ducha regresó a la habitación. Estaba desnuda, su cuerpo era muy bello, había ganado con los años como ganan los vinos que imitan a los cuerpos. María se vistió y se dirigió a la cocina, preparó su desayuno y el de su compañero, regresó a la habitación, le dió un maquinal beso y salió a la calle. Desde hacia diez años esa era su rutina. Se dirigió a la parada del bus y se colocó en la fila. El bus tardaba en llegar, había huelga y los servicios mínimos no se cumplían del todo. Una multitud esperaba. La pasividad del principio había dejado paso a una ira contenida que comenzaba a ser insuficiente. Luca se giró para ver cuánta gente había tras él y se encontró con ella, que hizo un gesto llamativo, como de decir "esto es lo que hay" o "así son las cosas". Sus miradas se cruzaron por unos instantes y fue como si el mundo se hubiera detenido. Luca, algo turbado, recuperó su posición y abandonó sus reflexiones. Aquella mirada le había llamado la atención, esa mujer era realmente muy atractiva y-" si le dijera de ir a tomar un café"-, tal vez era lo mejor que se podían hacer en esas circunstancias pero, ella podía rechazar la invitación, lo que le situaría a él en una posición desagradable y crearía un equívoco lejano a la realidad, al fin sólo pretendía charlar un rato. De todas formas el no ya lo tenía y estaba seguro de que en ese gesto , aparentemente anodino, se encontraba alguien digno de ser conocido. María, cuando Luca le dió la espalda pensó que era un hombre interesante y que tenía una mirada triste, como llena de huequitos, le hubiera gustado que la invitará a tomar un café, hablar con él, salir del gris cotidiano. Total el bus no llegaba y allí hacia demasiado frío. Luca volvió a girar la cara buscando el rostro de ella y ella le miró y se sumergió en sus ojos... El bus no llegaba.

12 marzo, 2011

UN HOMBRE EN PARÍS

Antes de encontrarse con París había estado allí cuatro veces. Visitamos las ciudades pero formar parte de ellas sólo se produce algunas veces, cuando esto sucede, ya nadie, nunca, podrá separarnos.
Aquel día Antonio estaba melancólico y paseaba por los márgenes del Sena, atravesando el Pont des Arts se paró en medio, miro al río y hacia L´Ille de la Cité, después al cielo. París llevaba un vestido gris, de un gris tirando a rosa, chispeaba y ese maquillaje la hacía más hermosa todavía. París estaba como casi siempre está en invierno, como tantas veces la había visto, incluso desde ese lugar pero... fue entonces cuando se le metió dentro y, esa sensación, siempre le iba a acompañar aunque estuviera lejos, muy lejos.
Antonio vivió en París algunos años, allí pasaron muchas cosas, tantas, que fueron estrechando lazos, abriendo puertas en su alma, ocupando sitios y lugares de los que él ignoraba su existencia. Adoraba pasear aquellas calles, visitar el cementerio de Pere Lachese, el Jardín de Luxembourg, sentarse en los cafés... Nunca le gustó París en el verano, no le iba bien el sol, estaba fea, como si no fuera ella, como si fuera otra. Se sentía un extraño vampiro al que el exceso de sol le hacía daño.
Cuando llegaba el frío y lo ocupaba todo, compraba castañas asadas, las metía en los bolsillos para calentar sus manos, hechas para las caricias. Le gustaba acariciar , cerrar los ojos y como un ciego tocar la vida, inventarla como un ciego.
Ha pasado mucho tiempo. Ahora el hombre que pasea es un anciano buscando un reencuentro y una despedida,tal vez las dos vayan unidas, abrazadas. Ya nadie busca en sus manos sarmentosas el calor de una caricia, ya no necesita las castañas, aunque no ha perdido el recuerdo, la memoria de tocar, el placer de hacerlo. A medida que avanza en su paseo regresan, los fantasmas del pasado. Antonio sigue, se para en uno de los bouquinistes, busca algo. De pronto se detiene, lo ha encontrado. Antonio paga y acaricia un libro, son los poemas de amor de Benedetti,una vieja edición en la que otros ojos se habrán posado, con la que habrán aprendido a amar amando, a la que habrán acudido en momentos de dolor y desengaño. Antonio mete ese libro en el bolsillo y, mientras se dirige al Pont des Arts, buscando el lugar en el que tantas veces contempló su ciudad amada, lo acaricia con las yemas de sus dedos, cerrando los ojos como si estuviera ciego...Llega al centro del puente, mira la ciudad inalterable, al cielo. París viste de gris tirando a rosa, ese color que tan bien le ha sentado siempre, chispea. Antonio acaricia el libro entre sus dedos y se sumerge en la inmensidad del Sena.

06 marzo, 2011

DON ANSELMO ROBA UN ALMA

Después de tantos años de casado, de ser un señor normal y respetado, un trabajador ejemplar en la oficina, D. Anselmo se ha enamorado de su secretaria. Está deseperado, le sobrepasa la angustia y lucha, a muerte con o contra, no lo sabe, sus principios. La razón le dice una cosa y el ¿corazón?, el corazón va por libre. Cuando coincide con ella en el ascensor no sabe articular palabra, la mira de reojo...es tan bella. Le gusta su sonrisa, la manera de cruzar sus piernas, como coge el bolígrafo y como le dice, cuando ya está preparada- ¿Diga D.Anselmo?-, le encanta escuchar su nombre en los labios de ella. A veces la llama para nada, bueno para nada no, para verle la cara en la puerta entreabierta y oír decir su nombre.
Don Anselmo está triste, muchas cosas les separan. Se está volviendo loco y, tal vez por eso, ha encontrado la solución: ROBAR UN ALMA.
Podrá parecer así, visto desde fuera, una idea descabellada, una locura pero...pero a él, loco de amor, le parece la más acertada. Ha llegado a la conclusión de que el alma no se va del cuerpo hasta que los familiares no se han despedido y que, en el velorio, de alguna manera, sigue vivo el muerto. Sólo cuando le dan tierra o, como hacen ahora, lo queman, dice el alma- "Ahí te quedas".
Afortunadamente ha muerto D. Pedro, el carnicero de la esquina, ese que siempre, cuando le preguntaba si era buena la carne, la mejor le daba, a él y a todos los que le preguntaban.
Al salir de la oficina, con su cartera de cuero, D. Anselmo se dirige, con aviesas intenciones a dar el pésame, lo tiene todo preparado. "Lo siento doña Matilde ha sido una pérdida irreparable, estoy muy afectado. Déjeme mirar al finado, despedirme" "Está en el cuarto de al lado y que guapo lo han dejado, si parece estar dormido, como si durmiera la siesta después de ver el partido, así mismo". Don Anselmo se dirige, está sólo con el gordo carnicero y su pequeño bigote, siente un poco de repugnancia pero no queda otro remedio, hay que hacerlo. Nadie le ve, no hay nadie, se acerca, le abre la rígida y fría boca, aparecen los dientes amarillos del tabaco, un ligero olor a nicotina rancia le llega a la nariz, cierra los ojos para vencer el asco, y absorbe con todas sus fuerzas, absorbe hasta sentir como algo, el alma, entra en su interior. Se incorpora mientras el muerto se va volviendo azul y verde. El olor se hace insoportable. D. Anselmo, ya en la calle, respira profundamente, regresando por el parque. Cuando llegue la noche su otra alma, la robada, se quedará guardando su cuerpo mientras la suya se marcha a velar otros sueños, los de su secretaria.

05 marzo, 2011

COSAS

Esta mañana me he levantado muy temprano y, al despuntar el alba, he salido a caminar. El camino estaba cubierto de nieve y era mi pie el primero que lo profanaba. He disfrutado mucho en soledad, en silencio, viendo la hermosura del paisaje y buscando la belleza en todas partes. Antes de salir he buscado en Google la sala de subastas Retiro donde, según me dice mi hermana sale un cuadro de mi mano. El nombre que figura no es exactamente el mío, es un tal Antonio Santos Grau. Al salir de casa tenía la firme resolución de llamarles y solicitarles la ¿debida? corrección. Ya en el camino, pensándolo bien, he dicidido dejar al inconsciente intruso. No me acuerdo de cuando pinté ese cuadro, ni aquel instante, ni si amaba o era amado, si estaba sólo... Decididamente no soy yo, fue ,en aquel entonces ,otro. Sr. Antonio Santos Grau, el cuadro es suyo y no está mal pintado.

26 febrero, 2011

LAS ISLAS

Caminaban absortos,ensimismados,ajenos a los otros, por las calles de aquella ciudad de bonitos edificios y grandes avenidas. Yo había llegado hacía poco y mis ojos, mi olfato,mis oídos, los sentidos todos, no había entrado en ese letargo que nos lleva a no fijarnos en la realidad por creer que la conocemos, que la sabemos de memoria como si fuera algo estático y pétreo. Me recreaba levantando la cabeza, admirando la arquitectura y a sus gentes aunque, en este caso, procuraba disimular para no resultar impertinente. En los semáforos me aproximaba a las mujeres y cerrando los ojos intentaba concentrarme en sus perfumes,luego las miraba para ver si eran como las había imaginado. La realidad vista con tanta atención me fascinaba y mantenía en un continuo enamoramiento. Un día salí a la calle y, al cabo de un rato, me dí cuenta de que había dejado de mirar, de que yo también caminaba aislado, prisionero de mi mismo. Entonces,regresé al hotel, hice la maleta,miré por última vez desde la ventana y me despedí de las estatuas.

20 febrero, 2011

NICOLÁS

Era uno de esos niños a los que tan bien les sienta el traje de almirante en la primera comunión. Tenía cara de señor mayor, de oficinista, de funcionario, de secretario municipal. Ya de bebé a su madre le ruborizaba darle el pecho y su padre, en esa situación, le miraba con cierto recelo, debo aclarar que injustificado, pese a que el infante se prendía al seno materno con una fuerza desmedida. En la escuela fue un niño aplicado y, desde los siete años, empezó a llevar pantalón largo. Su éxito con las mujeres fue escaso lo que le condujo a la misoginia y al escepticismo. Con el paso del tiempo su físico fue normalizándose con la erosión de los años en sus compañeros y la siempre igualitaria alopecia. Aquí lo vemos con un jersey de lana confeccionado por su madre y sin afeitar. Era un fin de semana de otoño de esos que nos predisponen a la melancolía y la filatelia.

12 febrero, 2011

PUSKAS

Cuando llegó a la tienda de animales era un cachorrito. Fermín, el dueño del negocio, le puso de nombre Puskas, el nombre de un futbolista al que siempre había admirado. En aquellos meses estaban de moda los bulldodg ingleses así que , nadie se lo llevó. Después fue la época de los caniches, los pomeranias, los bulldog franceses, los bull terrier.... El caso es que Puskas llevaba en aquel negocio siete meses sin que nadie reparara en él, y no era porque permaneciera apático o tumbado en su rincón, era el primero en saludar a los clientes, poniéndose a dos patas y meneando el rabo, gritando, en lenguaje canino, "¡a mí, a mí!, sin que nadie le hiciera suficiente caso. Por fin llegó la moda de los biguel y la pajarería se llenó de cachorritos como él, como él había sido. Esta es la mía pensó Puskas, por fin podré salir de aquí, pasear por el parque, olerle el culo a otros perros y mearme en el tronco de los árboles pero, siempre había un pero, pero PUSKAS era demasiado mayor así que desaparecieron todos los de su clase y se quedó sólo de nuevo. Ahora estaba muy triste y ya no salía a recibir a los clientes, total ¿para qué?. Un día Fermín colocó un letrero en su cajón.
OFERTA. Biguel con pedigrí. Sólo por 100 pavos. Se llama Puskas y quiere ser tu amigo.
Puskas se sintió tan humillado, tan mal que se quería morir, ya ni comía, tirado en su rincón. Un buen día entró un señor mayor, con aspecto algo estrafalario, llevaba un sombrero muy llamativo y unos ridículos pantalones de cuadros, se fijó en el cartel y se lo quedó.
A Puskas no le gustaba aquel señor pero cuando empezó a tratarlo con tanto cariño y a llevarlo al parque dos veces cada día comenzó a tenerle mucho afecto. Puskas se meó en todos los árboles, le olió el culo a todas las perritas del barrio...era tan feliz. Ah! se me olvidaba, el dueño de Puskas era el mismísimo Puskas, el famoso jugador de fútbol.

06 febrero, 2011

EXTRAÑA COINCIDENCIA

Acisclo García Rindueles era hijo, nieto y biznieto de acisclos y, ese nombre siempre le había pesado como una losa de granito . De pequeño sus compañeros se mofaban de él. En el servicio militar, el gracioso del sargento le fustigaba citándolo siempre, por el placer de pronunciar su nombre. Todo ello hizo de Acisclo un joven reservado y taciturno. No tenía apenas amigos y frecuentaba poco a la humanidad periférica. Fue en la consulta del dentista donde conoció a Eufrasia Gómez Bermejo, hija, nieta y biznieta de eufrasias. Al conocer su nombre una gran emoción recorrió todo su cuerpo. Parece ser que a Eufrasia le sucedió algo parecido. A partir de aquel día se vieron a menudo. Estaban hechos el uno para el otro. En la imagen los vemos paseando con su perro a los tres años de conocerse. Por cierto al can le pusieron de nombre Clodomiro.

03 febrero, 2011

CAPERUCITA

Mi amiga Clara Varela, excelente ilustradora, me ha dado una idea que, sin su permiso, con nocturnidad y alevosía, le voy a robar. Cada semana colgaré una imagen e intentaré, sobre la marcha, escribir un cuento. Veremos que sale.
La niña que veis en este cuadrito se llama Clara. De todos los cuentos el que más le gusta es el de Caperucita, por eso su color favorito es el rojo y encuentra, además, que le sienta muy bien.
Dice Clara, cuando le pregunto, que le encanta esa idea de la niña en el bosque rodeada de animales y flores, que le gustaría tener una abuela que viviera allí, en una casa junto al riachuelo, con un montón de leña apilada para estar caliente en invierno y poder tomar, con el guardabosques, chocolate y picatostes. Parece que lo del lobo no le preocupa demasiado. Sospecho que, en sus sueños debe haber llegado a un acuerdo con el porque, cuando dibuja la escena, hay una caseta para perros y en la parte superior de su entrada pone LOBO.
Ahora está soñando despierta.
Si entrais aquí y os apetece escibir una historia podeis colgarla. Hasta la próxima semana.

01 febrero, 2011

El Elegante



El Sr. Elegante salió a pasear y se perdió. Todavía no se ha encontrado.